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Cuando la Bioética va a la escuela

Tomás Domingo Moratalla
Viernes, 3 de mayo de 2019

Cuando la Bioética va a la escuela

La Asociación de Bioética Fundamental y Clínica ha llevado a cabo en los últimos meses una actividad educativa en las aulas de bachillerato de especial relevancia y calado. En una entrada anterior del blog ya he comentado cómo la hemos realizado. Ha sido una actividad que, pedagógicamente, podemos calificar de sencilla. Hemos buscado un tema que puede ser de interés para nuestros jóvenes (toma de decisiones, menor maduro, creencias, etc.); lo hemos acompañado de un par de elementos narrativos, hemos contextualizado previamente el tema en el universo de la bioética y hemos preparado una serie de preguntas que articulen el proceso deliberativo. Y así, hemos elaborado una actividad con algo de imaginación, pero también con no poca prudencia y realismo: tan sólo necesitábamos unos profesores (no muchos), en unos centros educativos (tampoco muchos), que dedicasen a esta actividad dos o tres horas. Una actividad sencilla, correcta y perfectamente asumible por el profesorado y por los centros.

Sin embargo, considero que una actividad tan sencilla tiene implicaciones enormes y en estas implicaciones se juega la credibilidad y la altura de miras de una determinada forma de hacer bioética. ¿Por qué? Al configurar esta experiencia docente de esta manera (unas pocas horas, unos cuantos profesores, una experiencia narrativa, una interpelación al debate y a la deliberación) movilizamos una cantidad de resonancias que a veces nos pasan desapercibidos y que quiero aquí simplemente recordar.

Una actividad de este tipo, por mi propia experiencia y por la experiencia de los que han participado en ella ahora, hace que el profesor del centro que la realiza tienda a repetirla, no sólo con alumnos del grupo elegido para la ocasión, sino en otros grupos de su docencia. Si está bien planteada hace que no sólo la utilice ahora, sino que cuente con ella para años posteriores, y, además, si la actividad ha tenido éxito, otros profesores del departamento y del centro se interesarán por ella y contemplarán la posibilidad de realizarla también ellos. Es decir, estamos convenciendo no sólo a un profesor sino a un claustro, a un equipo educativo. Y quizás podría “saltar” fácilmente a otros centros.

Por otro lado, si la actividad está bien hecha, los alumnos que han desarrollado la experiencia querrán más clases como estas, más elementos para la deliberación y el debate; y lo quieren para esas clases (de ética, de filosofía, de materias de ciencias, o de horas de tutoría) pero también para otras clases. Y estos alumnos, al salir al “recreo”, al contar que han hecho en clase, dan envidia a otros alumnos del centro, los cuales reclamarán a otros profesores este tipo de actividades. Y estos alumnos, que han quedado motivados y “encantados” por esta experiencia contarán en casa lo que han vivido, lo que hará que sus padres se interesen por estos temas, y, en general, por lo que se enseña y cómo se enseña.

No se trata, por tanto, sólo de una pequeña actividad; es una actividad que si está bien hecha –insistimos en el rigor que debe tener la actividad–, si la cuidamos, tiene un fuerte poder de irradiación. Y gracias a ese poder podemos contribuir a desarrollar con respecto a estos temas una sensibilidad necesaria sobre lo que es la bioética y los temas que aborda.

Siempre suponemos, no dejo de indicarlo, que se trata de una actividad bien pensada, rigurosa, atenta a los contenidos y a quiénes van dirigidos. Es una manera de introducir nada más y nada menos que la bioética en la sociedad, de una manera “pequeña”, modesta, pero tremendamente poderosa. Estamos formando para la deliberación, es decir, para la autonomía y la responsabilidad, a los ciudadanos del presente y del futuro. Deliberar en la escuela es empezar ya a deliberar en la sociedad, y comenzar a aprender a afrontar los problemas y los conflictos con un talante muy distinto al que estamos acostumbrados, tanto en los debates televisivos como en los sociopolíticos.

No se trata, en este momento, de formar profesionales, que está muy bien, ni de formar filósofos morales, lo cual no es baladí, sino tan solo de introducir la reflexión sobre temas bioéticos en la jóvenes generaciones. Esta tarea es una verdadera educación para la ciudadanía y, dejando de lado infructuosos debates, vemos cómo el ejercicio de la práctica deliberativa tiene provechosos resultados.

Es una manera de hacer que la bioética esté en el espacio público y, sobre todo, que lo alimente y lo nutra. De nada sirve, o sirve de muy poco, desplegar los temas bioéticos en nuestra sociedad si no se dan los hábitos necesarios para su cultivo. Por otro lado, no debemos pensar que es rebajar la bioética, contenidos, temas o problemáticas, al contrario, es realizar una tarea esencial de traducción entre lenguajes más técnicos, científicos o filosóficos, y otros más cotidianos. Cuando la bioética va a la escuela, la bioética se la juega y, creo que, si está bien hecha, puede salir victoriosa. Ahí está el futuro de la bioética. No debemos olvidar que la bioética tiene más futuro que pasado, y el futuro dependerá de lo que hagamos en nuestro presente, aquí y ahora.

Algo aparentemente sencillo (y pequeño) puede ser realmente descomunal. Las tareas más nimias –una clase, una charla, unas actividades, etc.– pueden resultar ser las más importantes. Son aquellas que mantienen el aliento cuando a veces la realidad, y sus problemas, nos invitan al desaliento, o nos invitan a la ilusión. Por tanto, educar en bioética, bioética en las aulas, la bioética que va la escuela… sigue en marcha. Sólo queda seguir sumándonos al empeño. Cada curso es un nuevo comienzo. Nunca es tarde.


Etiquetas: educación, bioética, formación en biética, actividades, ética, filosofía, ciencias


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