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A la búsqueda de lo bueno.

Abel Novoa (Coordinador del Grupo de Bioética de la semFYC; miembro de la Comisión Científica de la ABFyC)
Lunes, 2 de septiembre de 2019

A la búsqueda de lo bueno.

El 16 de julio de 2019, tres días antes de cumplir 89 años, murió Daniel Callahan, uno de los bioeticistas más importantes del mundo, fundador del Hastings Center y uno de mis pensadores preferidos en medicina. En su libro autobiográfico In Search of the Good: A Life in Bioethics, que publicó con 82 años, cuenta como fue un niño católico, con un padre alcohólico y maltratador, que habría sido diagnosticado de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y que consiguió entrar en Yale gracias a sus habilidades como nadador, no por sus notas.

De sus años de formación universitaria en filosofía en Yale y Harvard recuerda lo soporífera que le resultaba la filosofía analítica, sus pobres resultados académicos, como se alistó voluntario para luchar por su país en la guerra de Corea (se le asignaron aburridas labores de contrainteligencia en el Pentágono que le dejaban tiempo libre para sus estudios universitarios) así como su aislamiento como católico en las anticlericales universidades americanas de los 50 (salva la inteligencia de Susan Sontang genuinamente interesada en el pensamiento moral católico) y su intensa vida familiar tras casarse con Sidney (protestante convertida al catolicismo) y comenzar a tener hijos (llegó a los 6 retoños en poco tiempo).

En 1960, al acabar sus estudios de filosofía, es contratado como editor en la revista católica progresista Commonweal donde trabaja 8 años colaborando en el apoyo y difusión de los movimientos para la defensa de los derechos civiles, el mandato del primer presidente católico de EE.UU. (John F. Kennedy), el Concilio Vaticano II y la oposición a la guerra de Vietnam. Entre 1960 y 1966 escribe tres libros de inspiración católica crítica y nace su sexto hijo (1965). Su esposa Sidney, a pesar de sus embarazos, consigue terminar su primer libro sobre feminismo e Iglesia Católica e inicia sus estudios de doctorado en psicología. A mediados de los 60, coincidiendo con la aparición de la píldora anticonceptiva y su posicionamiento a favor de su uso (en contra de las directrices doctrinales de la Iglesia), el joven Callahan pierde interés por la teología y se aleja de la religión católica.

Como explica en su autobiografía, su pérdida de la fe no implica hostilidad hacia los creyentes. Callahan, de hecho, defiende la posibilidad un “catolicismo cultural” y acepta que su antigua fe puede seguir influyendo en muchas de sus reflexiones: “La religión para mí es un error, pero no es irracional”. Para Callahan es compatible defender valores cívicos universales seculares a la vez que aceptar que el mejor vecindario es aquel que comparte ciertas tradiciones culturales como pueden ser algunas convicciones religiosas (Adela Cortina lo llama “cosmopolitismo arraigado”).

Es interesante la breve pero jugosa reseña que hace en su autobiografía de un comentario de mi admirado Tony Judt (muchas veces descubro que personas que admiro, admiran, a su vez, a otras personas que yo también admiro). Callahan destaca, como digo, un comentario de Judt a un artículo de Christine Smallwood en The Nation donde la escritora -no creyente- de Nueva York reconoce su formación influida por un entorno religioso y acusa a la izquierda de sentirse avergonzada del lenguaje de la moral dejándole todo el terreno libre a la derecha. El historiador - secularista y ateo- Judt responde:

Totalmente de acuerdo. Creo que es una catástrofe para ambos lados. Implica que la izquierda ha renunciado a dominar el vocabulario de la ética. Y que la derecha cree que tiene el monopolio de los valores. Ambos están completamente equivocados”.

Para Judt el abismo creado entre la moral secular y los valores morales es un desastre que explica gran parte de los horrores del siglo XX. Callahan cree que la bioética podría ayudar a superar este abismo:

“Para mi la bioética debería introducir los valores morales en una medicina y una biología donde la ciencia y el positivismo los han expulsado”.

Entre los años 1965 y 1968 va abandonando progresivamente, junto con su fe católica, su labor editora en Commoweal y tiene una breve y negativa experiencia como profesor universitario en Brown que le influirá a la hora de decidir posteriormente mantener el Hastings Center independiente de la universidad con la que tendría escasa relación profesional (aunque sí contribuye a introducir la bioética en las disciplinas sanitarias).

En 1970 publica el que considera su primer libro de bioética y pone a punto la metodología que posteriormente utilizará en sus obras. El libro es “Abortion: Law, Choice and Morality” donde deliberadamente huye de la reflexión académica para llegar al gran público, pero sin renunciar a la profundidad:

“No sentía que tuviera que comenzar con los argumentos éticos. Pensé que necesitaba hacer una inmersión previa en la historia del aborto, cómo es tratado legalmente en otros países e intentar comprender el punto de vista femenino. Podría llamar a este enfoque una aproximación inductiva que simplemente intenta comprender el fenómeno social universal primero para después determinar cómo pensarlo mejor desde la reflexión ética. Así es como abordaría todos mis libros posteriormente”.

Callahan consiguió una beca de la Ford Foundation que le financió varios viajes a distintas partes del mundo con diferentes leyes y situaciones, desde la permisividad total de Checoslovaquia y Japón hasta la prohibición legal de India y Latinoamérica pasando por las limitaciones de los países nórdicos:

“Si algo aprendí en mis viajes fue que ningún país estaba satisfecho con su regulación del aborto fuera ésta cual fuera”.

Callahan reconoce que comenzó el libro siendo anti-abortista (“pro-life”) y que cambió de idea según profundizaba en el tema, y acabó defendiendo una posición “pro-choice”:

“Bajo algunas circunstancias (no muchas) el aborto podría estar moralmente justificado pero en cualquier circunstancia la ley debería defender el derecho de la mujer a decidir”.

El texto de Callahan sería citado en la resolución del Tribunal Supremo norteamericano en el famoso caso de 1973 de Roe vs Wade que defendió el derecho de la mujer a elegir. En el texto introducirá uno de los argumentos –el de la deliberación pública- que utilizará posteriormente cuando la sociedad se enfrenta a decisiones éticas difíciles:

“Yo quería que se legalizara el aborto pero también defendí que era una decisión moral que debía ser tomada seriamente y por buenas razones. Por eso propuse que, además de su legalización, se debía producir un debate nacional para conocer la situación y entre todos reflexionar sobre qué podríamos considerar buenas razones para abortar”.

Las consecuencias fueron obvias: nadie quedó contento, algo que será bastante frecuente con su obra, independientemente del tema que abordase. Callahan enfadó, por supuesto, a los antiabortistas pero también a una parte del feminismo que consideraba que si el aborto era una decisión individual no había juicio moral que analizar.

Su mujer Sidney era una feminista antiabortista (muy progresista en otros aspectos) que, aunque creyente, no utilizaba argumentos religiosos en su defensa de la vida. Comenta Callahan cómo debatía con ella en público (y en privado) y acabarían editando un libro juntos llamado “Abortion: Understanding Differences” donde mujeres a favor y en contra argumentaban desde la ética secular sobre las razones de las respectivas posiciones.

Tras acabar su libro sobre al aborto en 1969 fue contratado por el Population Council de Nueva York, una organización financiada por la Ford Foundation y la Rockefeller Foundation, que tenía el objetivo de buscar políticas para el control de la natalidad en los países del tercer mundo. Callahan se sorprende de la enorme cantidad de datos que la organización manejaba y la escasa reflexión ética que acompañaba sus iniciativas:

“Las soluciones técnicas (tipo “parachuting condoms”), fracasaban estrepitosamente por la falta de comprensión por parte del personal de la organización de los valores culturales, éticos y sociales implicados”.

Callahan comienza en esos años a pensar en fundar su propio centro de investigación en bioética. En la Navidades de 1968 habla con su vecino (ambos vivían en el barrio Hasting-on-Hudson de Nueva York) y amigo, el psiquiatra y escritor Willard Gaylin, de su idea. Sin experiencia ni dinero –Callahan tenía 39 años y 6 hijos- deciden emprender en 1969 la aventura que los uniría durante 45 años en un trabajo conjunto “sin desacuerdos serios”.

Con muchas dificultades económicas y de infraestructura comenzó la institución que inicialmente se llamó “Institute of Society, Ethics and the Life Sciences” pero que pronto acabaría por tener el nombre informal que utilizaban de Hastings Center. Gaylin se convirtió en el Presidente y Callahan en el Director. Cuenta con gracia como cuando le criticaban por hablar de temas médicos sin serlo decía que Willard lo era; y que cuando criticaban a Willard por hablar de temas éticos sin ser filósofo éste contestaba que Daniel lo era. Ambos compartieron desde el principio la necesidad de abordar los temas bioéticos con un enfoque interdisciplinar y la decisión de no vincularse a ninguna universidad para evitar el posible control político y burocrático.

Explica Callahan en sus muy interesantes memorias cómo la bioética, en general, y el Centro, en particular, eran mirados con recelo por médicos que desconfiaban de que filósofos o sociólogos pudieran tener algo que decir sobre aspectos de su profesión. También se dudaba de la solidez de la disciplina en un mundo secular dominado por la técnica y los hechos científicos. La ética alrededor de las ciencias de la vida y la medicina no tenía ni siquiera todavía un término específico que comenzaría a utilizarse en los primeros años 70 gracias a la publicación del libro de Van Rensselaer Potter, “Bioethics: Bridge to the Future”.

La primera gran financiación (después de los 2.500 dólares que les prestó la madre de Callahan) fueron 15.000 dólares que donó la National Endowment for the Humanities, 30.000 provenientes de la Rockefeller Foundation y otras ayudas entre las que destaca la de Elizabeth Dollard, una abogada filántropa amiga de Will. Con los primeros fondos en la mano tenían que generar un grupo de investigadores y expertos que hoy están entre lo más granado de la bioética: Robert Veatch, Marc Lappé,  Paul Ramsey (teólogo de Princeton que acababa de publicar un libro pionero titulado “The patient as a Person”), Leon Kass, Henry Beecher, el biólogo René Dubos (que Callahan reconoce como muy influyente en su pensamiento a través de su libro “The Mirage of Health”), los juristas Alexander Capron y Paul Freund, la socióloga Reneé Fox, el genetista Kurt Hirschhorn, el biólogo Robert Morison y el mismísimo James Watson formaron parte y colaboraron de alguna manera con la institución en estos primeros años.

Callahan cuenta como Will y él decidieron que las reuniones tuvieran poco del rígido estilo académico y mucho de evento social con lo que organizaban las sesiones en sus casas, invitaban a las familias y comían en el pub irlandés del barrio, intentando que las controversias sucedieran en un ambiente de amistad y camaradería. Eligieron cuatro áreas para desarrollar en el Hastings Center: natalidad y biología reproductiva, control del comportamiento, final de la vida y genética.

Inmediatamente, explica Callahan, hubo dos corrientes de interés divergentes en el trabajo del Hastings. El primero era el que más le interesaba personalmente: el potencial del desarrollo médico y biológico para cambiar la visión de la naturaleza humana y la manera de vivir de las personas; el segundo, que interesaba más a las instituciones médicas y a los financiadores, los problemas éticos en relación con el uso de tecnologías como el trasplante, la definición de muerte cerebral, el final de la vida o la manipulación genética. Es decir, Callahan pensó desde el principio que sin una idea sobre los fines de la medicina y sobre qué se consideraba una buena vida, no era posible deliberar sobre los medios (las tecnologías, los avances científicos, los dilemas éticos al final y el principio de la vida); pero el Hastings, como la bioética, en esos primeros años, se dejó llevar por lo que interesaba a la medicina, los medios (por ejemplo, el caso de Karen Ann Quinlan les dio mucho visibilidad). No obstante, en los 80 el Hastings Center patrocinaría la reflexión internacional “Los fines de la medicina” cuyo contenido le parece a Callahan, cuarenta años después, demasiado tibio; para mí sigue siendo un documento esencial y rompedor.

Tras la presentación por la National Commission, a finales de los 70, del Belmont Report, Tom Beauchamp y James Childress publican en 1979 su Principles of Biomedical Ethics, el primer gran libro de bioética que establece los cuatro principios: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia.

Antes de pasar a comentar la visión crítica de Callahan sobre el principialismo, conviene señalar que, en sólo una década, el Hastings se había convertido en un referente imprescindible siendo 1981 considerado el “año dorado” donde tenían como personal a un conjunto de jóvenes que pasarían a ser líderes en el campo de la bioética en las siguientes décadas: Arthur Caplan, Ruth Macklin, Ronald Bayer, Bruce Jennings y Thomas Murray.

 

Limitaciones del principialismo

Callahan fue uno de sus primeros críticos, sobre todo cuando los principios comienzan a “ser utilizados obsesiva e indiscriminadamente para solucionar cualquier problema de bioética”. Para Callahan los cuatro principios pueden ser interpretados como uno solo: respeto por las personas (no discriminación y aceptación de su autonomía). Merece transcribir este largo párrafo de sus memorias (p 70):

“Son principios más políticos que éticos; atienden cuestiones sobre cómo debemos tratar a nuestros conciudadanos en la vida pública. Tienden a bloquear cualquier consideración sobre los aspectos morales sustantivos que una deliberación ética completa necesita. Debemos respetar las decisiones autónomas pero ¿cómo debemos ejercer esa libertad que tenemos? ¿Qué podemos considerar una buena o una mala elección? Esta cuestión fue la que me enfrentó a algunas feministas en mi posicionamiento sobre el aborto. La gente debe recibir una atención sanitaria equitativa, pero hay una cuestión previa ¿qué tipo de atención y con qué calidad debería ser la atención sanitaria accesible para todos? La beneficencia debería contar con un juicio sobre qué es realmente bueno para la gente, una cuestión mucho más profunda que lo que el principialismo puede ofrecer”

Reconoce Callahan que existen teorías morales que pretenden “rellenar” de contenido el procedimiento principialista y que resume en dos: utilitaristas y deontologistas. Sin embargo, ninguna logra, para el bioeticista norteamericano, solucionar de manera satisfactoria los problemas éticos “por ser demasiado generales para dar pautas ante los complejos problemas bioéticos”:

“Las teorías morales ayudan poco al intentar establecer el estatuto moral del feto, determinar el balance riesgo beneficio del diagnóstico prenatal, qué significa respetar la dignidad humana o cómo deberíamos organizar la atención sanitaria para liberarla de los sesgos ideológicos”.

Callahan aboga por la utilización estratégica de las distintas teorías morales y la imposibilidad de que una sola pueda responder a los problemas de la bioética. En esta parte de su autobiografía Callahan explicita su metodología de trabajo -que esbozó en su libro sobre el aborto- que denomina “inductiva” porque va desde el análisis de los problemas específicos al establecimiento de principios más generales. Callahan está en contra de comenzar el debate desde los principios y las teorías morales ya que constituyen:

“un conjunto de argumentos y preocupaciones no fundamentadas en la experiencia del día a día… para las que no hace falta tener sensibilidad ética sino ser capaz de enunciar buenos argumentos y tener habilidad para deconstruir los significados y conceptos morales independientemente del contexto social y cultural”.

Para Callahan ese tipo de bioeticista es como un músico con gran conocimiento de la teoría musical pero incapaz de afinar. “Prefiero escribir para una audiencia amplia” decía, y cita a su admirado William James:

“tengo la convicción de que una filosofía confinada a la academia es una filosofía que no merece la pena. Algunos filósofos filosofan para filosofar; otros filósofos para vivir”.

Finalmente, sus dudas acerca del abordaje principialista emanan de lo que considera su “fundamento individualista”:

“La autonomía se convierte en el valor dominante con una importancia que va mucho más allá de un mero principio. La elección y la responsabilidad individual se convierten en el corazón de la bioética y la medicina, desde este punto de vista, solo debe ofrecer capacidad de elección a las personas, control sobre su salud, su vida y su muerte”.

En su autobiografía, Callahan expresa algunas de las dificultades que el ejercicio de una autonomía no modulada por una reflexión profunda sobre la vida buena, los riesgos existentes o los límites de la medicina pueden traer a una medicina capaz de otorgar cada vez más oportunidades de elección: por ejemplo, a los padres para seleccionar embriones, la posibilidad de prolongar la vida aunque sea a costa de graves limitaciones o buscar intervenciones de mejora de las capacidades físicas o intelectuales. No puede ejercerse la autonomía sin responsabilidad y esta debe fundamentarse en una reflexión personal y colectiva. Callahan justificaría una “mejora” como necesaria si:

“Procura el alivio de una deficiencia social o individual como dolor, sufrimiento, pobreza, guerra o aflicción social destructiva como la violencia o el crimen diarios o la imposibilidad de que las personas puedan llegar a ejercer sus capacidades. Pero la mejora de la inteligencia, por ejemplo, no se relaciona con alguno de estos objetivos... (tampoco) una extensión radical de la vida… Un mayor control y capacidad de elección sobre nuestras vidas no asegura un progreso humano real. Incluso podría ser su principal enemigo”.

Las posibilidades de elección que los avances médicos procuran preocupaban profundamente a Callahan ya que fácilmente quedaban sancionadas como adecuadas, correctas, inevitables o incluso fruto de un derecho legítimo, a través de procesos tecnológicos, indicaciones, el mercado y cierta presión social:

“Los transhumanistas, que consideran estamos a punto de poder controlar la propia evolución humana, se muestran incapaces de imaginar cualquier desastre tecnológico o la fuerza coercitiva social que puede desarrollar cualquier nueva y popular tecnología ayudada por el libre mercado. El poder de la innovación tecnológica para superar cualquier duda y resistencia es gigantesco”.

Callahan reconoce en sus memorias como esta posición crítica con el uso intensivo de tecnologías sanitarias y la influencia del mercado de la salud les trajo problemas con algunos donantes (cita a Pfizer y Eli Lilly) pero “si queríamos ser serios teníamos que advertir sobre los problemas asociados al desarrollo tecnológico al menos tan profunda y abiertamente como eran defendidos por los proponentes que prometían su brillante futuro”. Defiende que la bioética a este respecto debe ser una “leal disidente”: leal porque sin duda el progreso médico puede traer ventajas obvias a la medicina, pero también disidente porque necesita una revisión crítica constante debido a los problemas que el progreso acarrea:

“Siempre hay que pagar un precio por los avances tecnológicos médicos”.

 

La batalla contra el imperativo tecnológico.

El libro más vendido y polémico de Daniel Callahan es Setting Limits: Goals in an Aging Society. Reconoce en su autobiografía que a finales de los 80, tras colocar al Hastings Center como la institución de bioética más importante del mundo, se encontraba “desfondado”. Llega al texto casi de manera azarosa, gracias a una invitación de la Office of Technology Assesment (OTA) -recientemente fundada y rápidamente cerrada por el gobierno- para colaborar en un panel de expertos para deliberar sobre los costes sanitarios y los factores asociados. En ese contexto comienza a profundizar en la atención sanitaria a los ancianos detectando lo que denomina una “tensión fundamental” entre el progreso médico asociado a la innovación tecnológica y los costos sanitarios:

“Era justo lo que necesitaba: un territorio sin explorar. Para lidiar con ese problema la bioética necesitaba abandonar la comodidad de las reglas, los principios y los procedimientos para comprometerse con un asunto de calado político y a algo a lo que hasta entonces no le había prestado demasiada atención como eran las premisas básicas del progreso médico sin límites”.

Era un reto que Callahan desde luego no pensaba dejar pasar ya que el tema tenía que ver con lo que más le gustaba: reflexionar sobre los fines de la medicina y la naturaleza de una buena vida, considerando diversas disciplinas y lejos de la reflexión académica filosófica:

“No podemos hablar de autonomía al final de la vida sin pensar antes qué es una buena vida. No podemos hablar de justicia en la asistencia sanitaria sin pensar qué tipo de sistema sanitario puede procurarla. Un sistema basado en la idea del progreso médico sin límites con costes cada vez más elevados seguro que no es el camino para conseguir un sistema justo… No podemos pensar sobre la asistencia sanitaria a las personas mayores sin entender antes el fenómeno del envejecimiento y su lugar en la sociedad y la vida de las personas”.

Era un asunto “muy Callahan”, sin duda. Y la montó, pero buena, cuando defendió “pensar en lo impensable”. Su propuesta es bien conocida y la explica claramente en sus memorias:

“La esencia de mi argumento era que en algún momento una atención sanitaria racional a las personas mayores debería poner el foco en si era pertinente utilizar las tecnologías más caras con aquellos ancianos que superarán los 80 años. Argumenté en el libro que en esa edad la muerte es considerada “natural” por cualquier cultura por haber superado la media de edad de supervivencia habitual y por haber tenido tiempo suficiente para desarrollar una vida plena, incluso aunque no se hayan cumplido todos los deseos”.

Esta tesis tuvo importantes reacciones especialmente por parte de los geriatras que llevaban años luchando contra la discriminación por la edad de los ancianos (edadismo) y de los colectivos feministas (ya que las mujeres eran las que más años vivían). Casi todas las partes consideraron la propuesta de Callahan como inaceptable. Nuestro Dan no solo no se achantó, sino que defendió que era necesaria una solidaridad recíproca entre los jóvenes y ancianos, con un compromiso de los primeros en el cuidado y el respeto de los mayores, y de los segundos por no esquilmar los recursos que tendría más sentido aplicar a los más jóvenes:

“Una buena sociedad tiene la obligación de intentar que la mayoría de los ciudadanos lleguen a ancianos, pero no tiene la obligación de procurarles la tecnología necesaria para que sean indefinidamente ancianos”.

En su autobiografía, escrita con 82 años (cuando escribió Setting Limits tenía 56) contesta a una cuestión que muchos le plantearon:

“¿He cambiado de opinión ahora que tengo 82 años? Sigo pensando lo mismo. La visión igualitaria me parece insostenible. Nosotros los viejos hemos tenido ya oportunidad de vivir una vida más o menos plena; los jóvenes no. Me parece que considerar a una persona mayor como menos adecuada que un joven para usar una tecnología muy cara no es injusto en un contexto de limitación de recursos”.

Callahan ha muerto con 89 años y no sabemos si en sus últimos días finalmente utilizó tecnologías de alto coste. En su biografía pide que la decisión de racionar recursos a los ancianos sea política (refiere que un criterio adecuado pueden ser los años de vida ajustados a calidad -QALY- y ya no la edad) y que la limitación sea explícita para que pueda ser aplicada de manera equitativa. Su reflexión sobre la necesidad de dignificar la vejez antes de tomar cualquier decisión de racionamiento; que haya un debate público sobre cómo decidimos qué es una buena vida; su valentía para señalar que el emperador (la medicina tecnocientífica) estará siempre desnudo si seguimos sin realizar una reflexión sobre los fines de la medicina y los límites del progreso médico, han supuesto un hito intelectual para mí. Tras más de 40 años de reflexión Callahan al final de sus días reconoce su fracaso: “el progreso médico sigue siendo tratado como autoevidente e inmune a la crítica”.

 

 

La muerte, un fracaso tecnológico, no biológico.

Su posicionamiento a favor del racionamiento de tecnologías e intervenciones médicas con los pacientes muy ancianos contrasta con su negativa a cualquier forma de muerte médicamente asistida:

“Aunque es fácil comprender porque algunas personas desean la eutanasia o el suicidio asistido a la luz de las formas miserables como muere la gente, siempre me he opuesto… Creo que es moralmente aceptable que un paciente competente solicite que se finalice con un tratamiento que está prolongando su vida; que un paciente en estado vegetativo persistente no debería ser “mantenido” igual que entiendo que alguien que ve cerca el final de su vida decida no alimentarse. Hay conservadores que no comparten esta visión al confundir el principio moral de santidad de la vida con el imperativo tecnológico que de facto impone una atención médica agresiva”.

Lo que Callahan considera dañino –y asume su posible sesgo cultural católico- es empoderar a los médicos legalmente para acabar activamente con la vida de los enfermos por “ser contrario al rol tradicional del médico y abrir posibilidades de abusos” ya que, una vez abierta la puerta, se tiende a ampliar continuamente los supuestos e indicaciones. Sugiere Callahan que es mejor no legalizar estas posibilidades, ya que un médico siempre puede decirle a su paciente al prescribirle medicamentos para el dolor: “Ten cuidado, no tomes demasiadas de estas píldoras porque podría matarte”. La libertad de suicidarse parece una decisión autónoma legal aceptable.

Callahan considera, por tanto, que con una reflexión profunda y madura sobre el concepto de vida buena, los límites inevitables de la existencia, la racionalidad económica de la utilización de las tecnologías sanitarias en cada circunstancia, una solidaridad recíproca y consentida entre jóvenes y ancianos y una formación adecuada de los profesionales sanitarios en los procesos de toma de decisiones al final de la vida (decisión compartida, planificación de cuidados, limitación del esfuerzo terapéutico) no hace falta regular la muerte médicamente asistida. En esta parte del libro Callahan describe bellamente lo que considera una buena muerte:

“Me he preguntado muchas veces qué modelo moral puede encarnar una persona que se está muriendo. Una persona en el final de sus días va a ser cuidado por médicos y enfermeras, familiares y amigos que algún día se encontrarán en la misma situación ¿Qué nos gustaría que recordaran de nosotros cuando les llegue a ellos la hora? A mí me gustaría que recordaran de mí que acepté mi muerte, que no me comporté con autocompasión, que estuve alegre y me mostré lo más firme que pude y, sobre todo, que les mostré mi agradecimiento por el cuidado que otros me estaban dando a pesar del dolor emocional que muerte podía producirles”

No sabemos cómo han sido los últimos días de Daniel Callahan pero estamos seguros de que ha muerto dando testimonio. Su biografía intelectual es impresionante y, al menos, en mi opinión, su obra, imperecedera. ¡Gracias por una vida a la búsqueda de lo bueno! Descanse en paz Daniel Callahan.


Etiquetas: daniel callahan, bioetica, bioethics, homenaje, vida, obra


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