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Opciones y decisiones / Caín o Abel

Martes, 27 de octubre de 2015

Opciones y decisiones / Caín o Abel
La ética del cuidado es una modalidad resultante de la evolución de diversos enfoques bioéticos que vienen abordando el hecho inevitable de la vulnerabilidad creciente de un enfermo que, de acuerdo con los síntomas específicos de su cuadro de salud, ve agravadas sus condiciones médico-clínicas hacia grados mayores de dependencia de otros, especialmente de sus familiares inmediatos y de aquellos que le rodean, incluyendo desde luego al personal de salud, sean médicos tratantes, enfermeras (-os), psicólogos, o cuidadores, principalmente. Entre este tipo de enfermos, los que muestran mayor vulnerabilidad son aquellos diagnosticados con algún tipo de cáncer terminal e igualmente aquellos con padecimientos crónico-degenerativos. Tipología que se ve agravada aún más por su situación diferencial de pobreza o capacidad muy baja de ingresos que restringe francamente su acceso a medios adecuados de tratamientos curativos eficaces o de cuidados paliativos necesarios; este factor socioeconómico acentúa aún más su grado de vulnerabilidad.
Debido a esta condición humana de dependencia de otros, la Bioética como disciplina de gran visión, tanto humana como histórica y social, ha venido reflexionando sobre formas y actitudes más adecuadas para tratar a esas personas vulnerables, por razón de enfermedad o de situación económica precaria. El hecho resultante es el imperativo ético de asumir un proceso de concientización personal que sea comunicable y adoptado en coparticipación solidaria con otros, indistintamente de su posición social o situación de clase. Lo que resulta, simple y llanamente, en el imperativo ético del cuidado, que empieza por el cuidado de sí mismo y se extiende al cuidado indispensable de otros.
En este orden de cosas, es importante atender a las propuestas y búsqueda de soluciones concretas que nacen de investigaciones y estudios de nivel científico y moral dignos de ser escuchados y atendidos. De los que deseo citar el siguiente: -“El desarrollo moral de las mujeres es diferente al de los hombres, pero igualmente valioso. Señala que ellas, en vez de aplicar principios éticos abstractos a cuestiones morales, de conformidad con las teorías tradicionales, emplean estrategias diferentes en la toma de decisiones. La mujer entiende los problemas morales en términos de conflicto de responsabilidades. Su juicio moral sigue una secuencia, en la cual primero se trata de la sobrevivencia, luego de la benevolencia y por último de la comprensión reflexiva del cuidado para la resolución de conflictos” (La Ética del cuidado, Alejandra Alvarado García, enfermera, profesora auxiliar docente, La Sabana, Bogotá, Colombia. 2004). Este hallazgo contraviene y supera la visión tradicional -que cita el mismo estudio- respecto de que los hombres poseen un juicio autónomo y sus decisiones son claras; son individualistas y su moral se basa en los derechos de los individuos. Tal como fue presentado, en 1982, por Carol Gilligan quien profundiza este nuevo acercamiento.
“A partir de la teoría de Gilligan, en 1984 la filósofa Noddings combinó el reconocimiento de la ética con perspectivas sobre el desarrollo moral de la mujer, y centró sus ideas en el valor de los cuidados y la actitud solícita, que encontramos desde el momento del nacimiento, cuando somos totalmente dependientes del cuidado de los demás”. Gracias a este tipo de enfoque se viene desarrollando la ética del cuidado. (Ver: Opus cit. Ibidem, http://goo.gl/0MN1Hl ).
La responsabilidad del cuidado por el otro se remonta a los orígenes de nuestra civilización occidental judeo cristiana cuyo precedente más memorable es aquella narrativa del libro del Génesis, en el Pentateuco, cuando el Dios creador interpela severamente a Caín: -“El Señor dijo a Caín: – ¿Dónde está Abel, tu hermano? Respondió: -No sé. ¿Soy yo el guardián de mi hermano? El Señor le replicó: – ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra (…). (Gen. Cap. 4, vv 9-11). Se nos dice que movido por la envidia que le causaba el hecho del agrado de Dios respecto de los holocaustos de Abel, lo invita a salir al campo, donde lo ataca y le da muerte. Esta ancestral respuesta de desdén hacia el cuidado y responsabilidad por el otro, para el caso su propio hermano, amerita la ira y el severo castigo de Dios, la narrativa alusiva es sumamente dramática: “Por eso te maldice esa tierra, que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Aunque cultives la tierra, no te pagará con su fecundidad. Andarás errante y perdido por el mundo” (Gen. C.4, v. 12).
Continuando el mismo tenor de los modernos estudios, se sigue que: “en las culturas antiguas el hombre es símbolo de poder, de violencia, de fuerza, de muerte, mientras que la mujer simboliza la piedad, el cuidado, la sensibilidad ante el dolor. En lo que a la atención en salud se refiere, en el medioevo y en la modernidad el hombre presta atención al juicio justo, y la visión femenina al cuidado del enfermo. En otras palabras, el papel del médico y su moralidad, encauzados a la función curativa, se opusieron a la tarea del cuidado, propio de las enfermeras, y justificaron esos roles profesionales en la concepción de los géneros masculino y femenino, en los cuales se asignaban a la mujer las labores de alimentación, vestido y cuidado. En la posmodernidad, la propuesta de la ética del cuidado ha suscitado un gran interés, y muchos teóricos insisten que en lugar de replantear radicalmente la teoría moral, la teoría ética contemporánea debería tratar de establecer un equilibrio entre los enfoques orientados a los principios y a la ética del cuidado. (O.cit.- Gilligan, Carol. La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 35. Revista Aquichan – ISSN 1657-5997. AÑO 4 – Nº 4).
La Bioética maneja principios a dos grandes niveles: Uno, el de no maleficencia y justicia; y dos, los principios de autonomía y beneficencia, que describe así: – Es el nivel de “ética de máximos”, relacionado con el proyecto vital que cada persona libremente escoge en la búsqueda de la felicidad y de la plasmación de sus propios valores. Se refiere a las llamadas obligaciones “imperfectas”, que me puedo exigir a mí, pero no que no puedo imponer a los demás. Este nivel sería el correspondiente al estudio de la Moral. (Citando al autor Diego Gracia Guillén, médico y filósofo, Fundamentos de bioética, Madrid, 1989).
El pensamiento del filósofo Emmanuel Lévinas aporta un sólido fundamento humanístico a la ética del cuidar, cuando reflexiona sobre el hecho de perder la batalla terapéutica no termina con la responsabilidad médica; esta responsabilidad médica no se acaba en la función de curar y sanar. Cuando el poder técnico de la medicina llega a sus límites, la responsabilidad “sin escapatoria” “el equipo de salud sigue en cuanto a la función de cuidar. Hacerse responsable del otro que está acercándose a la muerte y de sus familiares es buscar maneras de integrar esta última etapa con el proceso vital y la historia personal de cada uno, haciendo algo de sentido. (Citado por el Dr. Víctor Hugo Ruiz Ponce, en su exposición Consideraciones Bioética al final de la Vida, Academia Nacional Mexicana de Bioética, 23/10/2015).
  1. Lévinas, expresa este imperativo bioético como sigue: “Nadie puede sustituimos ante la responsabilidad frente al otro”; por tanto, la ética es “el acto constituyente del yo”, en el cumplimiento de una responsabilidad que “duerme en el amor”. Debemos preocuparnos por el otro y no verlo como alguien enfrentado ya que, al fin y al cabo, hay yo porque hay responsabilidad, pues el yo es el resultado de que alguien nos haya cuidado. Y gracias a esto podemos sentirnos insustituibles, porque detrás de mí hay otros que no son yo. “Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago.” Lévinas. Ética e infinito. Madrid, A. Machado Libros, S.A., 2000. Pág.80).
Podemos concluir diciendo que más allá de la disputa sobre la diversidad de género y el modo particular de abordaje masculino o femenino, el cuidado por el otro nos incumbe por el sólo hecho existencial del encuentro humano, en donde la suerte del otro como otro me incumbe por el sólo hecho de su presencia cara a cara conmigo. ¿Caín dónde está tu hermano?
 
franvier2013@gmail.com
 
Fuente: La Jornada Aguascalientes (LJA)

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